Consejo de Estado

Manuscrito escrito por

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19 de febrero de 1049 d.C.

castillo de momprancem,cerca del mediodia

el joven moro llega a la sala donde su consejo esta reunido,saluda a cada uno y tomando asiento inquiere-que noticias teneis hoy señores?

consejero-mi lord,me alegra informaros que el reino ha sido unificado,ya no quedan rebeldes, las epidemias que asolaron nuestras tierras han sido erradicadas y no se avisoran enemigos en las costas de momento

moro-buenas noticias,en verdad lo son...bien, creo que deberemos buscar la forma de que ya no haya mas inconvenientes internos,de esta forma, podremos empezar a avizorar una epoca de prosperidad...que aconsejais?

consejero-mi lord,creo deberiamos comenzar a realizar edificaciones defensivas, con guarniciones bien equipadas, para que no haya sublevaciones y...

moro interrumpiendo-sublevaciones? creo que si prosperamos estas no las habra, aunque vuestra idea es buena para poder enfrentar amenazas externas...sabemos que a muchos no les agradan moros en tierras cristianas....dad las ordenes de edificaciones...-termina diciendo mientras se levanta y se apresta a salir del recinto

-consejero-pero mi lord, adonde vais? aunquedan temas pendientes que tratar....

moro- lo se mi buen amigo, pero se que sereis capaz entre vosotros de resolverlos,y si no es asi vendreis a informarme,de momento tengo ganas de cabalgar...creo visitare la ciudad santa para tranquilizarlos de que su religion sera aceptada, siempre que convivan en paz...
ademas,he de recorrer mi reino no? acaso no dices siempre que debo dejar la torre y buscar una dama o diversiones? pues por algo he de comenzar verdad?

consejero-si mi lord, pero dejadme preparar un batallon para que os acompañe y...

moro- un batallon? no estamos en guerra y si necesitara un batallon para moverme en mi reino....solo necesito a mi fiel caballo , mi espada y cuando mucho una armadura....

minutos despues, el moro se pierde en la lejania a todo galope....


El círculo del 99 (EXCELENTE)

Manuscrito escrito por

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25 de febrero del año 1048 d.C.

el joven moro se encontraba como siempre en su torre cuando uno de sus sirvientes se acerco a el con un pergamino en sus manos
-mi señor, aqui os traigo una de esas historias antiguas de las que sois afecto

moro-habla de batalla? de algun antiguo heroe¿

.no mi señor, habla de un rey y la felicidad, de como cambia una persona por querer mas....

moro-mmm dejame el pergamino...responde y una vez en sus manos comienza a leer:

Había una vez un rey muy triste que tenia un sirviente que era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey, cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día el rey lo mando a llamar.
-Paje- le dijo- ?Cual es el secreto?
-¿Que secreto, Majestad?
-?Cual es el secreto de tu alegría?
- No hay ningún secreto, Alteza.
- No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
- No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
-?Por que esta siempre alegre y feliz? Eh, ¿por que?
- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además, su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos ¿ Como no estar feliz?
- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar - dijo el rey - Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
- Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría mas que complacerlo, pero no hay nada que yo este ocultando...
- Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmo, llamo al mas sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
-¿Por que el, es feliz?
- Ah, Majestad, lo que sucede es que el esta fuera del circulo.
- ¿Fuera del circulo?
- Así es.
- Y eso es lo que lo hace feliz?
- No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
- A ver si entiendo, estar en el circulo te hace infeliz.
- Así es.
-?Y como salió?
- Nunca entro
-¿Que circulo es ese?
- El circulo del 99.
- Verdaderamente, no te entiendo nada.
- La única manera para que entendieras, seria mostrártelo en los hechos.
-¿Como?
- Haciendo entrar a tu paje en el circulo.
- Eso, obliguémoslo a entrar.
- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el circulo.
- Entonces habrá que engañarlo.
- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, el entrara solito.
-¿Solito? Pero el no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
- Si se dará cuenta.
-¡Entonces no entrara!
- No lo podrá evitar.
- ?Dices que el se dará cuenta de la infelicidad que le causara entrar en ese ridiculo circulo, y de todos modos entrara en el y no podrá salir?
- Tal cual Majestad; estas dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del circulo?
- Si.
- Bien, esta noche te pasare a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una mas ni una menos.
- ¡99! ¿Que mas? ¿Llevo los guardias por si acaso?
- Nada mas que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche..

Así fue. Esa noche, el sabio paso a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron, junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarro la bolsa y le pincho un papel que decía: "Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste."

Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban, para ver lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agito la bolsa y al escuchar sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miro hacia todos lados y cerro la puerta. El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas para el. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas.

Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco... y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60... hasta que formo la ultima pila: ¡¡9 monedas !!. Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más; luego en el piso y finalmente en la bolsa.
-"No puede ser", pensó.
Puso la ultima pila al lado de las otras y confirmo que era mas baja.
- Me robaron -grito- me robaron, malditos!!

Una vez mas busco en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de el, una montanita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro "solo 99".

"99 monedas. Es mucho dinero", pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un numero completo -pensaba- Cien es un numero completo pero noventa y nueve, no. El rey y su asesor miraban
por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus. El sirviente guardo las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña.

Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuanto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda numero cien?. Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Saco el calculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce anos juntaría lo necesario. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. Era demasiado tiempo!!! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, mas comida habría para vender...Vender... Vender... Estaba haciendo calor. ¿Para que tanta ropa de invierno, Para que mas de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado en el circulo del 99...
Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entro a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de malas pulgas.
-¿Que te pasa?- pregunto el rey de buen modo.
- Nada me pasa, nada me pasa.
- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
-Hago mi trabajo, ¿no? ¿Que querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No paso mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

Cuantas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están.





De la desesperación de Luxila

Manuscrito escrito por

-


CANDIA: 29 de Diciembre del año 1047 d.C.


Estoy exhausta… han sido tres meses de viaje desde Fenpeat, aquellas marismas a las que llamo hogar, entre los cuales he sufrido varias semanas de mareo en el velero que me ha traído a esta isla. Pero ¡valió la pena! Dicen que aquel palacio laberíntico fue construido por gigantes, que sus pinturas son obras de Minos él mismo. No creo que existiera el Minotauro, ni que Teseo desenredara un ovillo tiernamente sujetado por la hermosa Ariana a lo largo y ancho de este edificio ahora en ruinas. Mas… O Cnossos… me pierdo entre tus salas ahora derruidas, admiro tu triple sistemas de cañerías, cada una para un tipo de agua, lluvia, manantial, de desecho; me asombro ante la altura de tus escaleras y me sonrojo ante la desnudez de tus habitantes, si he de creer lo que me muestran los frescos milenarios. Mañana, tras descansar en Candia, volveré mis ojos hacia los altos montes cubiertos de nieve, en busca de inspiración.
Mientras, he de prepararme. Con mucho pesar, regreso sobre la dulce mula que he alquilado a la posada donde me hospedo. Sin prisa pero sin pausa, visto mis mejores galas, maquillo de negro mis pestañas y de rojo mis labios, espolvoreo colorete en mis mejillas. Perfumo mis velos de jazmín y adorno mis cabellos de oro fino. Estoy lista. Acompañada de dos de mis fieles guardias, dirijo mis pasos, decidida, hacia el comercio de Nikarios Apelokios, el joyero. Sé que me comprará las gemas que trasporto a buen precio. Para eso he venido. Para eso… y como siempre, para las leyendas, las canciones y los refranes locales que enriquecen mi mente mientras las piedras preciosas enriquecen mi bolsa. ¿Qué haré esta vez con las monedas que me aporte este viaje? Acabo de terminar un molino en el riachuelo que mana de los pantanos donde tengo mi casa, pero mis campesinos necesitan bueyes y arados, mis soldados un castillo donde entrenarse y mis artesanos más carreteras para mejorar el comercio. Suspiro hondo, agitando la cabeza con pesar. No sacaré tanto dinero de esta transacción. “Poco a poco”, me responde la brisa que agita mi túnica. “Hoy vende, mañana invierte y pasado recoge los frutos de tu siembra.”
- Saludos, Nikarios. Yahvé bendiga esta casa y los que aquí moran.
- Saludos a ti, Luxila, sí, saludos.
Para mi sorpresa, a Nikarios parece molestarle mi persona. Como si no debiera yo estar aquí, como si no fuera quien digo ser. Sin jamás mirarme francamente, merodea por detrás del mostrador, fingiendo buscar un objeto que nunca encuentra. Frunzo el ceño, preocupada por su manera de ser, pero tomo asiento ante él. Lentamente, abro la bolsa que llevaba escondida en mis enaguas y vacio su contenido ante él. Sus ojos brillan, está interesado. Su mano ase ávidamente un topacio de agua pura y de varios quilates. Mas tan rápido como la cogió, el joyero suelta la gema, que cae entre sus hermanas con un tintineo seco.
- Luxila, no puedo comerciar contigo.
- ¿Qué?
Mi respiración está entrecortada, mis ojos se empequeñecen, mientras siento montar la cólera en mí.
- ¿Por qué? ¿Acaso las piedras no son de buena calidad? ¿Acaso piensas que las he robado? ¿O es que alguien me ha acusado de vender rubíes y esmeraldas falsos, y los has creído? La estirpe de los Avignon lleva generaciones viniendo a esta casa, la de tus antepasados. ¡Nunca habíamos sido ultrajados de tal modo!
- Luxila…
Su voz dulce y también apenada cae sobre mi ira como una cascada fría sobre mi cabeza y me permite ver de nuevo ese pequeño taller que, durante un instante, se oscureció a mis ojos.
- No es eso. Deberías saber… no, es evidente que no lo sabes.
Nikarios inspira hondamente, buscando visiblemente el valor de darme una explicación. Si él teme dármela, más aún debo yo temer el recibirla. Agarro convulsivamente los brazos de mi silla e intento prepararme lo mejor que pueda para lo que me depara el destino.
- Luxila, ya no tienes aval. Ya no tienes tierras. Mientras viajabas, han conquistado tus feudos. Las noticias llegaron antes que tú y ya sabes lo que esto significa. Nadie, ni siquiera yo, comprará las joyas que transportas.
No, Dios de las Batallas, no, mi señor, Yahvé, Dios de David, Dios de Abraham y de Israel. Otra vez no. No me vuelvas a castigar con tu desdén, no vuelvas hacer de mí una judía errante y harapienta, cargada con el rescate de un rey que de nada le sirve y que le es peligroso acarrear. No vuelvas a apartar tu vista te esta tu más humilde sirvienta, no ocultes tu rostro a su vista ni hagas oídos sordos a sus plegarias.
Estoy de vuelta en la habitación de la posada, tendida sobre la cama, sin saber cómo he llegado ahí. Al abrir los ojos, diviso el rostro preocupado del capitán de mi guardia personal, quien me ofrece un vaso de agua fresca con una rodaja de limón. Con su ayuda, mientras me sujeta la cabeza, consigo sorber unos tragos, antes de caer de nuevo en la almohada. No puedo pensar, no puedo sentir, sólo puedo debatirme en una pesadilla en la cual pienso ahogarme. Apenas acierto a murmurar al veterano que no tengo con qué pagarle las próximas soldadas y que le relevo de toda obligación hacia mi persona. Aún en mi estado febril, acierto a calcular que me queda el dinero suficiente para pagarles un pasaje en un barco lento hacia Grecia, desde donde seguramente podrán volver a sus hogares. Mi mano se desplaza hacia mi bolsa, pero una guante de acero la aprisiona con un vigor irresistible y la aparta con firmeza.
- Ninguno de tus guardias se apartara de ti, mi Ama. Sólo tienes diecinueve años y toda una vida ante ti. Confiamos en tu honestidad y tu entereza. Lo que sufras, lo sufriremos. Si vas a la guerra, guerrearemos. Y si escoges el exilio, compartiremos tu suerte en todo. Duerme ahora, mi Ama, deja que el sueño apacigüe tu dolor.
No hay paz para mí en los brazos de Morfeo. Vuelvo a Grecia con las velas negras de la derrota y sé que Egeo se tirará al mar. En el Laberinto de mi agonía, no tengo ovillo para salvarme. Si he de ser Teseo, he de obrar sin Ariana.

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Mientras dormía, a Jenofonte le pareció como si tuviera la visión de un trueno y que un rayo caía en la casa de su padre y la hacía respladecer totalmente (…) Si el sueño lo había enviado Zeus como rey , el resplandor del fuego que lo envolvía temía que significara la imposibilidad de salir de los territorios del rey [de Persia] (…)
- ¿ Porqué permanezco tumbado? La noche avanza y con la luz del día los enemigos seguramente vendrán. Y si caemos en poder del Rey ¿ quien podrá impedir que terminemos sin honor y después de sufrir los más refinados suplicios ? Nadie se
preocupa de como debemos defendernos y todos permanecemos tumbados, como si pudieramos permitirnos ese lujo. Y yo ¿ a que estratego de otra ciudad espero para actuar ? ¿ Que edad espero alcanzar para obrar ? Nunca seré adulto de
edad avanzada si me entrego a los enemigos.
(Jenofonte, "Anabase o La retirada de los diez mil", libro III)






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